El Perú que se encamina a las elecciones generales de 2026 no vive simplemente una competencia entre múltiples partidos que fluctúan entre el desprestigio o el desconocimiento, sino que está en una disputa entre memorias, miedos y rechazos acumulados. La política peruana se ha ido estructurando, progresivamente, alrededor de identidades negativas: antifujimorismo, anti izquierda, anti establishment, o anti “caviarismo”. Estos “antis” no son eslóganes superficiales; son fuerzas sociales con capacidad real de movilización electoral, y que en los últimos años han definido el escenario en crisis de la política peruana. Por ello, entender la coyuntura exige reconocer variables históricas, culturales y mediáticas que se entrecruzan y explican por qué el electorado vota más para bloquear que para construir.
Uno de los fenómenos más sólidos y persistentes es el antifujimorismo. Diversos estudios académicos han mostrado que el antifujimorismo funciona como una identidad política en sí misma. Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado, y en nuestra vida diaria se ha hecho presente alrededor de importantes eventos electorales como las últimas 3 derrotas de Fuerza Popular y sociopolíticos en las distintas marchas de No a Keiko o en contra del congreso. No es solo una opinión negativa hacia una candidata; es una construcción histórica que articula la memoria del régimen de Alberto Fujimori, donde una parte importante del electorado urbano internalizó la idea de que el fujimorismo representa una amenaza potencial para la democracia y la lucha contra la corrupción. Esa memoria no desapareció con el tiempo; se transmitió generacionalmente y se reactivó en cada proceso electoral donde participó Keiko Fujimori y se vió fortalecida por la conducta de Fuerza Popular en el congreso.
El antifujimorismo tiene una característica crucial: es emocionalmente potente pero institucionalmente débil. No existe un “partido antifujimorista” que canalice esa energía, ya que se deposita en cualquiera que enfrente a la candidata naranja, incluso en antiguos aliados como Rafael López-Aliaga o PPK. Lo que existe es un rechazo transversal que puede beneficiar circunstancialmente a cualquier candidato que enfrente a Keiko en segunda vuelta. Esto explica por qué el antifujimorismo ha sido descrito, incluso desde espacios de opinión, como “el partido más grande del Perú”. Es una mayoría negativa que puede impedir victorias, pero que no necesariamente logra articular un proyecto coherente y sostenido en el tiempo, y es algo que hemos podido ver a los candidatos que se han impuesto en los balotajes frente al fujimorismo. Esa dinámica produce gobiernos débiles debido a la fuerza parlamentaria fujimorista y su capacidad de generar alianzas.
En el otro extremo se encuentra el anti izquierdismo, una fuerza igualmente poderosa, aunque menos estudiada como identidad explícita a pesar de ser definitiva en importantes colchones de votos como Lima. Aquí intervienen variables históricas decisivas. El Perú fue escenario de uno de los conflictos internos más sangrientos de América Latina en las décadas de 1980 y 1990, con la violencia ejercida por grupos como Sendero Luminoso o el MRTA. Aunque una parte de la izquierda contemporánea peruana no reivindica esa experiencia, el imaginario social asocia radicalidad discursiva con inestabilidad y violencia. La memoria del terrorismo no es un episodio cerrado, es un marco interpretativo activo que influye en cómo amplios sectores perciben cualquier propuesta que suene a transformación estructural. A esa memoria interna se suma una variable externa: la experiencia venezolana bajo Hugo Chávez y el posterior colapso institucional y económico. En el debate público peruano, la referencia a Venezuela se convirtió en una herramienta retórica constante para desacreditar proyectos de izquierda. Para amplios sectores de clase media urbana, la izquierda no sólo evoca el pasado terrorista interno, sino también el riesgo de repetir un modelo que terminó en crisis humanitaria. Estas dos capas, es decir el terrorismo interno y el fantasma de la izquierda del siglo XXI, conforman un potente bloque emocional antiizquierdista que puede decantarse en candidatos como Rafael López-Aliaga, José Williams o Wolfgang Grozo.
En ese contexto, la derecha conservadora no solo compite contra la izquierda, sino también contra el antifujimorismo. Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga disputan un colchón de votos muy similar: un electorado conservador en valores, crítico del progresismo cultural y preocupado por el orden y la seguridad. Ambos representan una derecha con fuerte énfasis moral y discurso confrontacional frente al “caviarismo” y el establishment intelectual. Sin embargo, esa competencia interna fragmenta el bloque y limita su expansión. La derecha no es homogénea y en tiempos electorales ha mostrado una tendencia a la división incluso mayor a la de la izquierda, una disputa que impide consolidar una mayoría estable en primera vuelta y dejó, como en el 2021, a Keiko en la segunda vuelta frente a un Pedro Castillo que salió victorioso por un pequeño margen. Las tensiones internas también se reflejan en debates morales. Además, también se ha construido una narrativa de rechazo al centro liberal progresista, desde la centro derecha hasta la centro izquierda, se ha rechazado no solo desde sectores de derechistas conservadores, sino también desde una parte de la izquierda más radical. Se argumenta que “viven” del Estado o que impulsan agendas en colaboración con una figura recurrente en el discurso de López-Aliaga: Gustavo Gorriti. Sin embargo, el sector “caviar” se ha asociado en su mayoría a sectores académicos progresistas, a ONGs, y a figuras políticas como Francisco Sagasti.
La polémica en torno al albergue para niñas violadas de Milagros Jáuregui sobre el aborto y la posterior reacción de Renovación Popular para deslindar del escándalo evidenciaron que incluso dentro del conservadurismo existen límites estratégicos para tratar de no solo quedarse en un nicho, sino asegurar un crecimiento en la preferencia. Otro importante tema de actualidad fue la respuesta pública de Kyara Villanella, hija de Keiko Fujimori, ante las declaraciones de su madre sobre una supuesta “conversación” donde se habría acordado de que si fueran violadas darían a luz, esto frente a una pregunta realizada en una entrevista. Al expresar desacuerdo con su madre en torno al aborto en casos específicos, mostró una fractura generacional. Más allá del carácter mediático, el episodio revela que la derecha enfrenta el desafío de armonizar convicciones doctrinarias con sensibilidades sociales cambiantes, especialmente entre jóvenes urbanos. La declaración de Keiko Fujimori se vio acompañada con un endurecimiento en la discusión pública entre Renovación Popular y el fujimorismo, especialmente con respecto a la vacancia de Jerí o su permanencia en el cargo, y también permeado por las acusaciones mutuas de apoyo a la elección de Balcázar como presidente de transición.
Mientras tanto, la izquierda atraviesa su propia crisis estructural. La izquierda peruana no ha logrado consolidar una organización partidaria duradera con arraigo territorial y cohesión programática, incluso considerando la victoria de Castillo en 2021, donde sus momentos de auge han sido principalmente apoyados en el Sur del país. Actualmente, el espacio está fragmentado entre una izquierda moderada y una izquierda más radical. Alfonso López-Chau representa un ala más moderada en contraste a figuras como Roberto Sánchez o Ronald Atencio como liderazgos más radicales mantienen un discurso más polarizante y extremista. En Lima y el Norte del país existe un miedo generalizado a estas candidaturas. A estas variables ideológicas se suma la crisis institucional permanente. La sucesión presidencial reciente y la juramentación de un gabinete encabezado por Hernando de Soto bajo la presidencia interina de José María Balcázar reflejan un sistema político inestable donde los equilibrios cambian rápidamente y se busca demostrar una estabilidad frente a la imagen de Balcázar como un político perteneciente a un pacto que asegura intereses vinculados a actividades criminales y sus vínculos con Vladimir Cerrón, otro representante de la izquierda radical que sin embargo también pertenece al establishment político actual.
La ciudadanía percibe que los gobiernos duran poco, que el Congreso confronta sistemáticamente al Ejecutivo y que la gobernabilidad es frágil. Esa inestabilidad alimenta el voto anti establishment en respuesta a la conducta del congreso y su intromisión en el ejecutivo para perpetuar intereses como la minería ilegal o leyes personalistas. A través del #PorEstosNO no ha logrado calar con la misma fuerza que el antifujimorismo en general, que realmente es capaz de apoyar a cualquier candidatura que no sea la de alguien con el apellido Fujimori, especialmente a Keiko. Otra variable relevante es la dimensión socioeconómica, la informalidad estructural y la inseguridad ciudadana que generan ansiedad colectiva que naturalmente buscarán un culpable, uno que puede ser muy distinto dependiendo del punto de vista de un elector en particular por razones ideológicas. En contextos de incertidumbre, el electorado tiende a buscar soluciones claras y liderazgos fuertes.
De allí, los discursos de mano dura o de cambio radical encuentren eco en esa inconformidad en la situación actual, incluso siendo capitalizado por candidatos propios de ese establishment que ha generado la situación que se vive en el Perú. Sin embargo, la fragmentación del sistema de partidos y la proliferación de candidaturas impiden que esas demandas se canalicen en mayorías coherentes. El resultado es una política atrapada en un equilibrio negativo. El antifujimorismo bloquea a la derecha fujimorista; el antiizquierdismo bloquea a la izquierda radical y radica en la memoria del terrorismo y el ejemplo venezolano que refuerzan los reparos a candidaturas moderadas incluso desde la centro izquierda; la competencia interna fragmenta los bloques donde la crisis institucional alimenta el rechazo generalizado a los #PorEstosNO; los debates morales tensionan a los conservadores que luchan por quién es un voto más útil; la falta de organización debilita a la izquierda. Ningún actor logra construir una mayoría positiva amplia porque todos cargan con un rechazo estructural.
En este panorama, el desafío no es simplemente ganar una elección, sino entender la lógica del voto reactivo para elaborar predicciones de lo que pasará en abril. Mientras la política peruana siga organizada principalmente alrededor de lo que se quiere evitar con dichos “antis”, tales como el retorno del fujimorismo, el avance de la izquierda radical, el caos institucional del establishment actual o los fantasmas del pasado, será difícil consolidar una lectura simple del panorama político, ya que se fundamenta más en el antivoto que en un voto por convicción. El Perú no enfrenta solo una elección competitiva entre casi 40 alternativas electorales; enfrenta una crisis de representación donde las identidades negativas pesan más que las propuestas.
Bibliografía:
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